Tengo a Trapani en la cabeza, y no para de cantar Vengo. Estas voces me proporcionan compañía cuando te vas y me siento vacía, sin padecer, sin desear. Tu compañía es la que más me resarce, la que más me aporta, la que me da ganas de relacionarme con otras compañías aunque no sean tan agradecidas y me drenen y me cansen y me vuelvan a llevar a ti. Esta noche escribo de ti porque me has hecho sentirme sola, y soledad me inspira. Esta también me abandona cuando la busco y no la encuentro, cuando la necesito para verterme porque la luz me sobrepasa y la oscuridad me entumece. El tiempo es estático y lo dilato no haciendo nada, no pensando nada, no sintiendo nada, hasta volverme vulnerable y desear un estímulo que me haga pestañear. Pero también me haces más hostil y más ermitaña. Me contraigo hasta que se me pasa el efecto. Constantemente te necesito pero me ahogas cuando te uso de más y entro en espiral hasta que emerjo atontada, embotada, insensibilizada. Voy recobrando la consciencia y me sitúo, toco mi alrededor; cierro los ojos porque llevan mucho rato abiertos y muevo el cuello de izquierda a derecha porque me duele. Estoy en mi habitación encima de la cama, y tú has vuelto aunque nadie haya abierto la puerta. Hola